Una breve reflexión sobre educación desde el pensamiento de Virginia Woolf

Insu Jeka
Junio, 2016

Mientras leo a Virginia Woolf no puedo dejar de maravillarme por su alto grado de lucidez y visión para referirse a la educación que la sociedad patriarcal ha construido, y que nosotras las mujeres hemos heredado como hijas de la igualdad.
La importancia de Virginia, como literaria y ensayista, está no solo en sus obras y su particular estilo de escritura que ha sido muy elogiado, sino que, a mi parecer, está precisamente en llevar a cabo su potencial creativo pese a la exclusión que tuvo en relación a sus hermanos para educarse. Virginia Stephen, desde pequeña, tuvo que enfrentar una vida llena de dificultades familiares y, a pesar de su condición social cómoda, de igual forma su sexo definía la posición que debía ocupar en la sociedad. No obstante, aprovechó inmensamente la posibilidad de auto-instruirse en la biblioteca de su padre e iniciar sus primeros escritos plasmados en su diario de vida, actividad femenina que no llegaba a causar alteración alguna en el orden moral de la época.
También me interesa destacar que Virginia desarrolla sus obras en plena crisis mundial y en el auge del movimiento sufragista; en este contexto, hace patentes su posición y crítica ante los hechos que observa y vivencia. Me refiero a sus obras feministas “Una habitación propia” (1928) y “Tres Guineas” (1938), las que reflejan el cuestionamiento y el análisis que la pensadora tiene sobre el acceso a la educación y a la profesionalización de las mujeres a principios del siglo XX.
Woolf planteaba, en 1928, en sus conferencias dictadas en Colegios de Mujeres, la necesidad de aprovechar la posibilidad de educarnos (posibilidad que no tuvieron otras mujeres, nuestras antepasadas), usando la metáfora de la “Hermana de Shakespeare”, donde nos encara directamente a tomar el riesgo de vivir la vida con libertad, y sin excusas. Nos incita a escribir aunque sea en la oscuridad y la pobreza, porque siempre valdrá la pena.
Posteriormente, en su maravillosa obra “Tres Guineas”, pone el acento en la fiel e histórica relación que existe entre la guerra y la educación, cuyos valores comunes son luchar y competir para obtener legitimidad y poder. Al homologarse el sistema educativo a la guerra, este reproduce los valores de la competencia, cuyos efectos son promover la segregación, el egoísmo y la lealtad hacia las libertades irreales.
Virginia Woolf cuestiona no solo el acceso desigual de las mujeres a la educación y a los empleos, sino que conoce muy de cerca la dificultad, aún mayor, que tiene una mujer de buen pasar económico, la cual solo accede a la educación gratuita de sus hogares, cuyo destino es la preparación para el matrimonio. Es decir, despojar a las mujeres para que posean lo mínimo, económica e intelectualmente, para no permitirles autonomía alguna, e imposibilitarlas para tomar decisiones en relación a sus propias vidas.
Por ello, categorías como la clase se quedan estrechas para analizar la realidad y la vida de las mujeres. Así lo expresa Virginia Woolf en sus obras, e incentiva con su particular estilo a la escritura, a leer a otras mujeres y a reflejarnos en esas historias. Nos invita a escribir encarecidamente pese a la oscuridad y la pobreza. Hay que hacerlo dice, pues los libros influyen unos en otros. Las mujeres siempre escribieron aunque muchas veces las acompañaran la pobreza, la humillación y el desprecio.
Y va más allá, nos explica por qué el acceso a la educación no lo es todo, como tampoco lo son las profesiones que nos han dejado desarrollar. Nos hace reflexionar sobre el éxito y la competencia como una práctica de los hombres y cómo esta se empeña en la lucha por conseguir cargos, merecer honores y ganar dinero. No obstante, para Virginia Woolf, era necesaria la independencia económica de las mujeres como una salida al sistema de opresión del pensamiento impuesto por el padre o el marido, es decir, para liberarnos de sus nefastas influencias. Así, al obtener dinero por sus propias manos, al no tener que depender financieramente de un padre, un hermano o un marido, las mujeres podían ejercer sus talentos y habilidades, expresar lo que pensaban de forma desinteresada y sin tener que agradarle a nadie para subsistir. Esto no significa que Woolf apelara a un sistema de igualdad en relación a los hombres, por el contrario, es crítica de la manera en que este acceso a la educación y al trabajo puede conducir a las mujeres a reproducir las mismas falsas lealtades que los hombres.
Lo cierto es que, en la actualidad, las mujeres hemos alcanzado niveles de igualdad (siempre en relación a los hombres) que nos conducen a mantener y nutrir el sistema actual de educación como un modelo articulador de la civilización patriarcal; pero cuál es la salida, ¿no educarnos? ¿No acceder a ese pedacito de igualdad que a tantas de nuestras antecesoras les valió la vida?
Virginia ya nos lo dijo, necesitamos independencia económica. Tal vez lo más importante de la obra de Woolf son las pistas que nos da para no negociar nuestras mentes y no reproducir la misma creencia que promueve la segregación y la lucha por el poder y la legitimidad, y también para no ejercer una arrogancia intelectual propia de la cultura de los hombres.
De esta manera, Woolf, de forma muy anticipada, es capaz de dilucidar el peligro que representa el ideario de la igualdad para una mujer. Puesto que tiene claridad que, al entrar al sistema de profesionalización, las mujeres podrían perder su potencial creador al embargar o vender la mente, al profesar las mismas tradiciones que los hombres con tal de obtener los mismos puestos de trabajo y competir por los mismos privilegios de los cuales los hombres gozan.
Ella propone que las mujeres rechacemos una educación que se sustenta en distinciones simbólicas como los grados y las condecoraciones, y que transmite el valor de profesar como tradición las lealtades irreales, tales como el orgullo a la patria, a la familia o a la religión. Más bien, nos guía a que, como mujeres, dejemos de lado la competencia con los hombres y despreciemos su sistema de mérito. Woolf nos dice que nos proveamos económicamente lo necesario y suficiente para ser independientes de otro ser humano, para tener salud y ocio, pero ni un peso más. Nos conmina a no vender la mente a través de la profesión, aunque nos tienten los cargos y el dinero. Nos invita a rechazar los méritos, la fama y los elogios, y a reírnos cuando nos los ofrezcan. Y por último, a despojarnos de todos los falsos orgullos: la familia, la religión, la patria, la universidad, etc.      Pienso que una señal concreta es asumir la diferencia histórica que hemos tenido con los hombres, esa diferencia que explicita en Tres Guineas a través de las biografías y la historia de las mujeres, y cómo éstas hablan por sí mismas.
Actualmente, en el contexto del debate sobre educación pública en Chile, he constatado, durante todos estos años de movimiento social, cómo el discurso de distintos actores, principalmente los y las estudiantes, ha generado espacios de discusión sobre el derecho a la educación gratuita y de calidad. Sin embargo, no observo cuestionamientos que, al menos, arrojen una mirada más profunda y crítica del sistema educativo, que vayan más allá de estas demandas, aunque existen ciertos colectivos que, por ahí, rozan un debate en relación a la educación como sistema sexista (que no es mucho decir). Pero, como ya es sabido, vendrán las negociaciones (o presiones) de siempre, donde algunos ganan y muchos pierden. La historia social y política está teñida de estos fracasos, porque sigue adhiriendo a la cosmovisión patriarcal. Mientras tanto, continuaré leyendo a Virginia y le seguiré la pista, a ver si ensayamos una nueva educación… y quemamos los cimientos de esta:
“Y que la luz del edificio en llamas asuste a los miserables con sus medallas y distinciones, espante a los cobardes con sus cruces y legados… ¡Y que las mujeres dancemos alrededor del fuego y amontonemos brasas!”
(Puesta en escena de Feministas Lúcidas, basada en Tres Guineas).

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