“Te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie”

“Te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie”

¿Sabía usted que Fondart rechazó destinar fondos para la obra de teatro “Cuerpos Quebrados”, de Natalia Cuellar, que trataba sobre mujeres embarazadas detenidas desaparecidas? La razón: el tema es irrelevante.

Es que el gobierno oculta la realidad y cuando es necesario la tergiversa a su amaño sin escatimar en gastos. En la joyita misógena “Alguien Te Mira”, el asesino mataba mujeres porque de niño había sido víctima de violencia sexual, no de su padre, padrastro, tío, abuelo, vecino, chofer de transporte escolar o cualquiera de los que en un casi 100% son los abusadores de menores; sino que las mataba por culpa de la madre que lo había violado. Y todo Chile respira aliviado: una mujer es la responsable de la violencia y asesinato contra mujeres. Es que la ideología del patriarcado usa y abusa, difunde e infunde mentiras y más mentiras. Nadie se manifestó en contra de este producto propagandístico chileno.

Cada domingo el diario La Nación deleita el machismo ambiental y destina dos de sus páginas centrales (32 y 33) a mujeres desnudas porque sí. La banalización, difusión y propaganda de la esclavitud sexual de las mujeres es tema recurrente de este periódico gubernamental. “Puteros y a Mucha Honra”, es el título de una investigación prostíbularia de Gonzalo León. El pulcro Metro también hace su aporte en esta campaña contra las mujeres. En un afiche publicitario que pretende mostrar el ejemplo de buena conducta ciudadana a la mujer le correspondió el slogan “yo siempre doy la pasada”, pobre de la que no la dé…

Es que el patriarcado nunca pierde el norte de sus objetivos políticos. Mientras relegan al olvido la historia reciente de las mujeres en dictadura, desde las instancias de poder reponen la prostitución en una supuesta “modernización” de la sexualidad y del trabajo. Entre risas destempladas y manotazos certeros el show de mujeres que buscan sobrevivir económicamente –que obviamente no pertenecen a los grupos que manejan la economía y los poderes ya que ellas no trabajan en eso- es parte del divertimento. ¡Lo pasan tan bien y ganan tanta plata¡ Esta modernidad marcada por una falsa libertad sólo reinstala los valores del patriarcado más fascista y está contentísima mostrando la prostitución como un trabajo más. En el silencio cómplice del conjunto de la sociedad se encubre y la banaliza el crimen organizado que vive de la prostitución y el mercado de la carne sigue funcionando sin contrapeso alguno. Esto es el patriarcado. Su cultura, su literatura, sus espectáculos artísticos, sus formas de recreación, sus manifestaciones “amorosas”, están y han estado saturadas de negación hacia la mujer real, hacia su vida real y de incitación a la violencia directa o encubierta hacia la mujer.

La violencia contra la mujer tiene objetivos político/económicos clarísimos y está anclada subjetivamente en la estimulación del ego masculino de las clases dominantes y la compensación emocional del ego masculino de las clases dominadas. ¿A que sino responden la campañas publicitarias de la flagelación de los cuerpos de mujeres? También en esto el periódico gubernamental La Nación, amén de los programas “culturales” del Canal 7, hace su aporte propagandístico y nos informa que para poner la mutilación al alcance de las más desposeídas, los proxenetas ahora hacen “prestamos” a las mujeres para que mejoren la carne a vender; y que el zar de la cirugía plástica, doctor José Zarhi, democratiza la mutilación de mujeres haciendo convenios con la tarjeta Presto, de Líder y la de Johnson’s. Este señor cuenta que en 33 años las prótesis mamarias han aumentado su peso de 150 a 175 cm3, a 350 y a 500 cm3 en la actualidad. No habla él de cuánto se ha acrecentado su riqueza, cada cirugía tiene un costo que va desde 2,5 millones a 4 millones de pesos. Es que ahora una mujer para poder trabajar tienen que someterse a mutilaciones y significarse como la masculinidad requiere el objeto sexual femenino. Así es, ha sido y seguirá siendo la historia del patriarcado: una historia de traiciones, humillaciones, violencia y control del cuerpo y alma de las mujeres, a como dé lugar. Violencia que es una constante histórica y que, en lo privado, cada sujeto con nombre y apellido la practica a su manera y sin disfraz alguno.

Las instituciones patriacales: el Estado, las iglesias, la familia y sus ejércitos protegen con ferocidad y cálculo su apropiación ilícita de libertades y bienes, entre las cuales se encuentra la mujer. La crueldad como instrumento de “autodefensa” está legitimada, a nadie le llama al horror leer, por ejemplo, que “Home Center Sodimac” diga en una de sus revistas promocionales:

“Concertinas. Este es un producto similar al de alambre de púas, pero en vez de púas, trae incorporadas unas hojas tipo cuchillo. Cuando este cierre es cortado para romperlo, envuelve instantáneamente a la persona que lo corta enterrándole sus hojas.”

El cinismo es sorprendente, una vez instalada la idea del delincuente, del anti-social, el infierno de Dante es moneda segura. La doble moral, que estigmatiza y castiga brutalmente, en caso de necesidad política sepulta verdades conocidas, pero no reconocidas, mediante un sistema de secretos: de Estado, de confesión, de familia y el sagrado secreto militar. Estos secretos tienen el mismo objetivo: mantener el sistema de opresión y explotación mediante un enjambre de mentiras que se saben mentiras y se tratan como verdades y un sistema represivo que no tiene límites éticos.

Hay momentos patriarcales en los que algunas hilachas de verdad se hacen públicas y estremecen las conciencias; luego, la conciencia se “reconcilia”, el patriarcado se recompone y la verdad se vuelve a guardar, corriendo el “tupido velo”, como en La Casa de Campo de Donoso. Mención honrosa en correr el “tupido velo” merece el dictámen del otrora presidente Ricardo Lagos, quién sepultó por 50 años los nombres de violadores de los Derechos Humanos que habían sido develados por las víctimas a la comisión Valech. Es decir, para cuando víctimas y victimarios estén bajo tierra. En cuanto a las iglesias y familias están saturadas de “te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie”. (1)

Y como la resistencia es la sombra de la dominación y el deseo de libertad el signo vital de la condición humana, el doble discurso patriarcal es regla indispensable para que el sistema funcione y se perpetúe. Quien ose develar el doble discurso o actuar contra la doble moral comete pecado capital y que Dios le encuentre confesada. El patriarcado es experto en la negación o criminalización de los grupos o personas que cuestionan la “gobernabilidad”, como llama la Concertraición a la aplicación férrea del sistema capitalista que se ha dado el patriarcado en la actualidad, sistema que por su desprestigio ha sido reactualizado como “neoliberal”.

Históricamente la violencia hacia la mujer ha sido internalizada como parte de los secretos de familia, de esos que se saben pero todos se hacen los lesos. Hoy, que los cadáveres están en la calle, me pregunto si los asesinatos de mujeres, como tantos otros “eventos”, permanecían ocultos en los secretos de la “normalidad” patriarcal. Según cifras de un estudio elaborado por la Jefatura Nacional de Homicidios de la Policía de Investigaciones de Chile y publicado por la revista El Periodista, los crímenes pasionales, femicidios, representaron el 13,2% en 2005 y el 12% en 2006, constituyendo, según la revista, “unicamente el 10% de la totalidad de los homicidios que ocurren en el país”. Lo que no se hace mención en dicho artículo es que, haciendo honor al dicho patriarcal “quien te quiere te aporrea”, el femicidio se da en el contexto del “amor”, de la “pareja”, de la base de la sociedad patriarcal, la familia. Así, sutilmente y desde todos los ámbitos “intelectuales” se escamotea el hecho que el femicidio es el último y definitivo acto de un sistema de agresiones hacia un ser sexuado mujer.

Algunas mujeres feministas, incluidas algunas que se dicen “autónomas”, han apoyado al gobierno en la denuncia del femicidio y del rechazo de la derecha a la píldora del día después. Sin embargo, es desde el Estado que se promueven abusos, crímenes, violencia y prohibiciones. ¿Es necesario decir que la instancia política que se pronunció en contra de la píldora casi en su totalidad había sido nombrada con el consentimiento de la Concertraición? Estas confusiones colaboran con el hecho de que las mujeres sigan corriendo desprevenidas tras los abrazos “protectores” del patriarcado y que se instalen una y otra vez los valores que lo perpetúan.

En esto de los valores, la “izquierda extraparlamentaria”, como les gusta llamarse, tampoco es un baluarte de la liberación. Ellos actúan con un pragmatismo que ha tenido graves consecuencias en la historia de la humanidad ya que han priorizado un supuesto “desarrollo económico” coincidiendo sospechosamente con la derecha en asfixiar todo lo que huela a revolución valórica. Basta con mirar la ex-Unión Soviética. Una vez desarmado el bloque, reaparecen como si nada los valores facistas, racistas y sexistas. Pero no es necesario ir tan lejos, en Chile en cuanto pueden muchos de ellos y ellas corren a hacer alianzas con la Concertraición y besan la cruz sin ningún pudor si es necesario. Mientras tanto el hijo de la Presidenta juega a la guerra los fines de semana.
“Algún día volveremos a ser personas y no solamente judíos.”
Ana Frank

Los recursos “artísticos” patriarcales me hacen pensar en “El Judío Suizo”, película de propaganda nazi donde el judío es mostrado como libidinoso, aprovechador, criminal en potencia. En Chile, los medios de comunicación representan a la mujer en un personaje deplorable: estúpida, pilla, dominante, destructiva, invasora y ahora mutilada. Refuerza esta cultura facista una sociedad complaciente, domesticada y amedrentada por una política de masas que imbecibiliza, atemoriza, humilla, hace escarnio público y controla al máximo la vida cotidiana de las personas donde la guinda de la torta es la mujer en esta camisa de fuerza femenina.

En este contexto valórico es horriblemente lógico que con esta masiva maquinaria anti-mujer se den crímenes brutales en el limbo del “amor”. Pero no sólo en Chile el pavo de la boda es una feminidad inventada desde la virilidad, como dice Margarita Pisano, y expuesta a todas las imbecibilidades de los “creativos”. España, país cuyas empresas se han enseñoreado en las últimas décadas en Chile, también aporta su cuota.

Hay algunas similitudes entre estos dos países: ambos sucumbieron al fascismo durante un período considerable de tiempo. Aunque allá no hubo ni siquiera una mirada de reojo a los crímenes de la dictadura franquista, al igual que la Concertraición chilena, la social-democracia española hizo sin sonrojarse un “pacto” con la dictadura para asumir la administración del Estado cuando el cadáver se podría antes de morir llevándose a la tumba a cinco revolucionarios antifacistas.

En cuanto a la violación de Derechos Humanos, ambas administraciones han pasado de un siglo al otro jugando al compra-huevos con las víctimas. Con desdén en Chile donde las tumbas se abrieron con la misma delicadeza de quien abre un paquete con basura; con cinismo en España, país de Cervantes, de Miguel Hernández y García Lorca, donde hasta hoy se conserva una tumba sellada donde supuestamente se encuentran los restos del poeta andaluz. La “democracia” española no ha querido abrir la sepultura, quizás para no encontrarse con la realidad de los detenidos-desaparecidos.

En cuanto a la violencia cotidiana, España, al igual que Chile, va de rodillas desde el altar de la sacristía al altar de la pornografía, el abuso sexual contra menores y la violencia contra las mujeres. En esto no tenemos nada que envidiarle, a no ser un mejor poder adquisitivo de bienes de consumo.

Si bien los crímenes cometidos por la dictadura chilena y la impunidad ejercida por la Concertraición serán marcas indelebles de nuestra historia, hay momentos donde el quiebre valórico se simboliza contaminando las relaciones todas. El escritor peruano Vargas Llosa plantea esta situación a través de un personaje que repite: ¿En que momento se hundió el Perú?

Me parece que Chile terminó de hundirse en la ignominia cuando -en lo que llamaron “mesa de diálogo- los allí presentes escucharon sin inmutarse que los militares, sentados tranquilamente, decían: “los: lanzamos al mar”, dando detalles sobre bayonetazos en los estómagos para que los cadáveres se hundieran. El objetivo de esta verdad que era un secreto a voces sólo pretendía cerrar el tema. El cinismo y lo cobarde del crimen quedó plasmado cómo válido y no podía sino traer repercusiones en el vivir de todos los dias, o en el morir de todos los días. Los valores de la cultura no son inmutables y juegan un rol predominante los valores que vienen desde instancias de poder.

El genocidio que ya conocíamos, pero que la “buena sociedad” escamoteaba una y otra vez, fue instalado en una escenografía impregnada de “caballerosidades y feminidades; con militares que oficializaban y “ transparentaban” el delito. Una vez que la “familia militar” explica cómo asesinó y que la “familia política” los escucha sin que se le mueva un pelo, la “familia civil” no podía quedar fuera de tal dinámica de reconstrucción nacional, por lo que al igual que la familia militar, sacó sus basuritas a la calle y dijo, sí, nosotros también lo hacemos y qué. Entonces, que más da, ¡que salgan los cadáveres!

El resto de la historia sólo es un desagradable intento de reponer imágenes, hermandades, patriotismos y un balbuceo de valores y morales desprovisto de convicción y decencia.
Sandra Lidid Céspedes

1. Ver el libro recientemente publicado sobre los Legionarios de Cristo en Chile “Dios, dinero y poder”, de Andrea Insunza y Javier Ortega, o simplemente pensar en nuestra pequeña historia familiar.

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