Pensamiento radical y pensamiento de la diferencia: un contrapeso necesario.

Por Andrea Franulic

 

Lo escrito es igualmente un instrumento para este ansia incontenible de comunicar, de “publicar” el secreto encontrado, y lo que tiene de belleza formal no puede restarle su primer sentido; el de producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo. (Zambrano, 1934).

La idea de este texto surge de una necesidad, quizás como todo lo que se escribe, de aclarar, para mí misma, qué entiendo por ‘feminismo radical de la diferencia’ en el presente. Y más que proponer el recorrido de un concepto, se trata de un breve recorrido en mi práctica política. La idea nació una tarde de lluvia, luminosa pese a las nubes, en la que conversábamos con Jessica Gamboa (Insu Jeka). Justamente, fue ella quien me inspiró a escribir esto y yo me fié, una vez más, en sus palabras; no sé en qué irá a resultar.

A 9 años de distancia en que le di forma a este concepto, mi comprensión del mismo ha cambiado en tanto se ha modificado la comprensión de mí misma. Tal vez no parezca mucho tiempo desde el punto de vista cronológico, pero, en intensidad, equivale a muchos años más. Entonces escribía la biografía política de Margarita Pisano y, con la necesidad de situarla a ella en una genealogía de mujeres, aunque en ese tiempo yo hablaba más de corrientes de pensamiento, acuñé lo de ‘feminismo radical de la diferencia’. Curiosamente, Tatiana Rodríguez, que estaba entre quienes presentó el libro (junto a la querida Sandra Lidid y al querido Fernando Franulic), me comentó que cuando leyó esta idea, pensó que era el inicio de mi separación política con Pisano. A mí esto no me hizo sentido en ese momento, pues el concepto surgió, precisamente, para significar su obra. No obstante, ahora comprendo a qué se refería y, más que esto, mi diálogo con Tatiana ha sido clave para esta revisión.

En la biografía política, uso el concepto varias veces y, en cada oportunidad, lo defino y le agrego contenidos nuevos. De esta manera, aparece en la introducción, en el capítulo V y en el capítulo X. Cada aparición me parece interesante de comentar, pero, por ahora, me detendré en dos. En el capítulo V, lo introduzco con una idea inspiradora que encontré en uno de los principales libros de la pensadora María Milagros Rivera Garretas (1994). Ella, apoyándose en otras autoras, alude al concepto de ‘feminismo heterosexual de la diferencia’ para cuestionar esos contenidos de la diferencia sexual que nunca abandonan la referencia al género masculino, y que terminan reposicionando la feminidad como estereotipo codificado por el orden patriarcal.

Esta referencia se puede dar en sentido tanto positivo como negativo, es decir, se puede expresar en frases que reflejen tanto una superioridad, o estado de pureza, de las mujeres respecto de los hombres (perspectiva idealizadora, bastante usual en el feminismo), como una inferioridad, que ha sido la constante patriarcal. Esta última es la idea de ‘diferencia sexual’ usada por la ideología androcéntrica y su visión aristotélica de la relación entre los sexos. Esta teoría de Aristóteles, denominada ‘polaridad de los sexos’, “sostiene que mujeres y hombres son significativamente diferentes y que los hombres son superiores a las mujeres” (Rivera Garretas, 1994: 22). Por lo tanto, las mujeres son, por naturaleza, engañosas, irracionales, débiles, perversas, etc. Para soslayar este aterrizaje heterosexual de la perspectiva de la diferencia, nace una parte importante del contenido del ‘feminismo radical de la diferencia’ que yo propongo. Justamente, la palabra “radical” pretende salvaguardar la diferencia de su abordaje heterosexual. Este significado del ‘feminismo radical de la diferencia’ lo mantengo hasta el día de hoy. Pero ¿por qué no denominarlo, entonces, ‘radical’ a secas? Existes dos razones para mí.

La primera, es que el feminismo radical también tiene un aterrizaje, más evidente en algunas de sus expresiones, que retorna al orden patriarcal, porque no abandona, para pensar la política de las mujeres, la dialéctica de lucha entre opresor/oprimido ni tampoco el sistema de géneros masculino/femenina, a propósito de que se esmera en querer abolirlo. En este sentido, se plantea como un feminismo deconstructivo del orden imperante más que como un feminismo propositivo de otro orden simbólico, es decir, mantiene, de manera imprescindible, como punto de referencia, para la práctica política feminista, las opresiones que produce el patriarcado. Por eso, el feminismo radical muchas veces basa su política, principalmente, en reivindicaciones y denuncias. Estas son necesarias, sin duda, pero creo que siempre deben ir acompañadas de la reflexión profunda de cómo, cuándo, dónde y para qué.

La segunda razón es que la diferencia es una perspectiva que siempre me ha hecho sentido (ecos y resonancias) desde mis inicios en el feminismo, porque hace de este un pensamiento y un espacio políticos absolutamente distintos a las prácticas patriarcales y las ideologías que las sustentan, feministas o no. Esta perspectiva me permite darles más de una vuelta a las cosas y jamás dejarlas caer en el mismo lugar. Muchas veces da respuesta a las búsquedas que tuve y tengo cuando nada me conforma. Y, como dice Camila Sandivari de Lúcidas, nos invita a la soltura de no hacernos cargo del fracaso civilizatorio de las sociedades patriarcales.

En el discurso de Margarita, y en algunas expresiones de su práctica, descubrí esta perspectiva cuando, mediada por ella, conocí el feminismo por primera vez. Cómo no, en su biblioteca, entre los libros destacados, estaba Nombrar el mundo en femenino, No creas tener derechos, Escupamos sobre Hegel, Tres guineas, La ciudad de las damas, entre otros. Todos eran lecturas necesarias y apasionadas. Así fue. Junto con esto, en su discurso, la diferencia se combinaba con otros elementos de la vertiente radical, lo que me llevó a mí a situarla en esta corriente que llamé ‘feminismo radical de la diferencia’, de la mano con nuestras autoras favoritas.

Dicha combinatoria la defino en el último capítulo de la biografía, el X, de una manera de la que hoy tomo distancia y no comparto. Dice así: “…sitúo a Pisano en la intersección, en el feminismo radical de la diferencia, puesto que comparte con el feminismo de la diferencia la necesidad de construir una cultura distinta de la patriarcal y con el feminismo radical de los años setenta coincide en el rechazo insolente a la simbólica femenina. Algunas teóricas de la igualdad también comparten este rechazo, pero lo contradicen una vez que desean acceder a los espacios masculinos de poder, perpetuando el modelo de dominio/sumisión” (Pisano & Franulic, 2009: 479). Me gusta esto de la intersección –o la brecha– que usaba mucho entonces. Profundizaré en esta idea de la intersección en dos textos que se titulan, precisamente, El feminismo radical de la diferencia y son del año 2010, un año después de la publicación de la biografía. En realidad, el concepto de ‘feminismo radical de la diferencia’ aparece en muchos de mis textos posteriores, hasta la fecha, e incluso en textos académicos que he escrito. Pero este recorrido más acucioso no lo realizaré en este ensayo. Por ahora, me interesa comentar la cita anterior y explicar en qué me distancio de ella.

La idea clave es eso del “rechazo insolente a la simbólica femenina”. Considero que este rechazo es necesario en tanto entendamos por simbólica femenina aquella codificada por el orden social del patriarcado. Entendida así, lo femenino guarda una relación jerárquica con lo masculino, cuyo mecanismo de poder-dependencia es la absorción de lo femenino por lo masculino (Violi, 1991). Además, esta relación forma parte del sistema de géneros, cuya (re)producción es netamente patriarcal. Por supuesto que las mujeres, en especial las mujeres feministas, queremos librarnos de este estereotipo femenino codificado, durante siglos, por el pensamiento masculino, que ha logrado que nuestras más hermosas energías creativas se vuelquen al servicio de los hombres y su porquería de civilización depredadora.

Quiero detenerme un rato más en el análisis de este aspecto particular del discurso de Margarita Pisano, pues forma parte sustancial de mi historia feminista y del concepto que estoy comentando. Si la autora rechaza en bloque lo femenino, pero plantea que las mujeres tenemos un cuerpo sexuado e histórico diferente (pues esto afirma, de lo contrario, su discurso no tendría elementos de la diferencia) y que a partir de este cuerpo y experiencia podemos producir otra cultura, entonces, ¿de dónde proviene y en qué radica aquello tan diferente que podemos crear? Esta pregunta, Pisano la responde reponiendo ‘lo humano’, las ‘condiciones de lo humano’, donde destaca el pensar y el crear símbolos y valores. Es, en este punto, donde yo considero que, a pesar de la autora, el discurso, con la fuerza incontenible de su ideología subyacente, da una voltereta para caer en el mismo lugar, que es el orden simbólico patriarcal, el mismo que nos ha perjudicado la vida, porque es anti vida en la misma medida de que es anti mujer(es).

Es la misma voltereta que se dan muchas expresiones del feminismo, independientemente de que se declaren radicales, posmodernas o igualitaristas. Es decir, la creencia en el sujeto universal, que es intrínseca a la ideología patriarcal, la siguen sosteniendo y, en consecuencia, la admiración hacia los valores de la masculinidad. Finalmente, los discursos rebeldes, de la resistencia, de la lucha o el empoderamiento (aunque existen distinciones entre estos conceptos, todos son de raigambre moderna) prenden fugaces llamas en los corazones emancipados que llevamos dentro, pero estos focos incendiarios (y revolucionarios) se siguen nutriendo de la ignorancia sobre nuestras vidas, palabras e historia. Por eso, a veces, el movimiento feminista me parece un lugar tan hostil, con barrotes de fierro.

Me parece innecesario decir que las mujeres somos humanas y que, como tales, pensamos y hablamos; sencillamente lo somos. Que los hombres no nos han dejado ejercer estas cualidades con total libertad y ellos se las han apropiado, es una discusión distinta. Yo estoy intentando decir otra cosa: reponer ‘lo humano’, y enfatizar en ello, al mismo tiempo que se rechaza en bloque lo femenino y se insiste en el pensar como gran cualidad que debemos practicar, es restituir ‘lo masculino’, porque, en esta cultura, la representación simbólica de ‘lo humano’ es el Hombre, así con mayúscula, el ser pensante por antonomasia (aunque sabemos que no es así), este que se ha erigido como falso sujeto universal, falsamente neutro, pseudo genérico, cuya lógica incluyente-excluyente ha pretendido absorbernos a las mujeres de una sola bocanada.

Nuestro punto de partida es una experiencia sexuada irreductible, es decir, nuestros cuerpos biológicos e históricos que, como tales, son semiológicos, puesto que, a partir de esta realidad sexuada, les otorgamos significados al mundo, a las relaciones con las y los demás y a nosotras mismas (Rivera Garretas, s/a; Muraro, 1994). Y todo esto sucede en un contexto cultural que nos configura y que, a las mujeres, nos ha expropiado y negado esta potencialidad sexuada. Por eso, los significados “femeninos” que producimos (y digo “femeninos” en tanto provienen de un cuerpo sexuado mujer) son absorbidos y atrapados en el estereotipo patriarcal femenino (y también en el masculino), al mismo tiempo que son desvalorizados y tergiversados por una civilización que admira la simbólica (palabras, representaciones, valores, lógicas) producida por los hombres. Pero, pese a esta persistencia masculina y milenaria, existimos, y los significados “femeninos” pueden escapar de estos modelos y mandatos patriarcales, o resistirse a la tergiversación, y generar otro tipo de sentido de ser mujeres. Esto es lo que nos interesa descubrir en nosotras mismas y en las otras, así como en nuestras antepasadas, aunque sabemos que los límites no son nítidos.

A partir de estas reflexiones, he arribado a la conclusión temporal de que es muy importante tener en cuenta dónde ponemos nuestra energía simbólica, o sea, dónde recaen nuestros énfasis cuando hablamos y escribimos en nuestra práctica política feminista: ¿es más importante hablar y escribir, de manera preponderante, sobre lo femeninas, perversas y falsas que son las mujeres, y la urgencia de que ejerzan lo humano para que dejen de ser así? Por supuesto que existen mujeres dañinas y destructivas (y toda característica negativa que queramos agregar), yo conozco a varias. Lo que estoy afirmando es otra cosa: la invitación a pensar dónde ponemos los énfasis, prioritariamente, cuando hacemos política feminista, en especial si esta se sustenta en las palabras. Este lenguaje mancornado contra la feminidad, a mí, hoy en día, no me hace sentido políticamente. Pero lo usé bastante tiempo, porque, por una parte, me hizo sentido y lo necesité en momentos cruciales de mi vida y, por otra parte, porque hablaba más desde la ideología que desde mi experiencia (algo que aún no realizo por completo).

Por eso, mucho más que rechazar en bloque lo femenino, creo que nos nutre políticamente, y nos ayuda a encontrar sentido para el vivir, y no desorden simbólico, en especial en este patriarcado tardío, el poner las energías creativas en descubrir (y continuar produciendo) los significados u orden simbólico al que las mujeres han dado forma a lo largo de los siglos y nos lo han heredado, prescindiendo del orden simbólico patriarcal y su codificación de lo masculino y lo femenino. Para lograr esto, han debido sentir, pensar y hablar como las humanas que son, a partir de sí mismas (Rivera Garretas, 1994), desde la irreductibilidad de su diferencia sexual, que, como dije antes, en el patriarcado, se ha perseverado por silenciarla e instrumentalizarla. Por lo tanto, tampoco nos sirve insistir tanto en el vacío histórico que tenemos, porque contamos con pautas diversas y originales de decibilidad de nuestros deseos, producidas por las mujeres en el pasado (y en la actualidad). Nuestra tarea política es hilarlas genealógicamente de tal manera que nos guíen en el presente (Rivera Garretas, 1994).

Tanto el pensamiento radical como el pensamiento de la diferencia llegan hasta la raíz, buscan la profundidad, no solo en cuanto a que tocan los fundamentos mismos de la civilización androcéntrica para develar sus mecanismos e inicios históricos, sino también porque llegan al origen, a la irreductibilidad de la diferencia sexual, a nuestros cuerpos sexuados en femenino. Junto con esto, ambos consideran indispensable la práctica política de hablar a partir de nosotras mismas, en primera persona, para crear un sentido libre de ser mujeres y desdeñar el (pre)juicio ajeno, que es del orden moral, del orden del padre. Así, puedo mencionar otros puntos de convergencia entre ambas perspectivas. Por ejemplo, la práctica del entre mujeres y la visibilidad del ‘continuum lesbiano’ (Rich, 1986), el cuestionamiento profundo al ideario de la igualdad, a la política de derechos y a los discursos de la emancipación de las mujeres, la crítica contundente a la utilización del feminismo por parte de las ideologías de izquierda, entre otros.

Mi práctica política, hoy, cobra fuerza con Feministas Lúcidas y las mujeres de Autonomía-feminista (específicamente, Sandra Lidid y Jessica Gamboa). Mediante el intercambio con ellas (y con otras mujeres con las que dialogo), nuestras lecturas y conversaciones, estas ideas han ido tomando forma. Los significados, que he ido tejiendo y destejiendo para el concepto, me gustan todos, salvo el que acabo de comentar, del cual hoy me distancio. Como ya dije, la palabra “radical” en el concepto es para salvaguardar la diferencia de no caer en la ideología heterosexual para interpretar la ‘diferencia sexual’. Además, requerimos del pensamiento radical su agudeza mediante la cual devela y denuncia las ideologías y estructuras patriarcales, sus instituciones y estratagemas, desde los cimientos: heterosexualidad obligatoria, prostitución y pornografía, amor romántico, familia, maternidad patriarcal, etc.

Por su parte, la “diferencia” también salvaguarda la radicalidad para que esta no se quede atrapada en la dialéctica de lucha masculino-femenina, en el sistema de géneros, aunque su objetivo sea abolirlo, o a propósito de esto mismo. Con otras palabras, que su práctica política no sea siempre en función de, o en referencia a, el orden patriarcal, abandonando la experiencia femenina como fuente de saber extra-sistemática. De esta manera, en el ‘feminismo radical de la diferencia’, el pensamiento radical y el pensamiento de la diferencia se hacen un contrapeso necesario el uno al otro y, en esta intersección de los dos pensamientos, puede pasar que a veces necesitemos estar más en uno y otras veces más en el otro; puede que necesitemos el “más” de uno o el “más” del otro (Cigarini, 1995). O también puede pasar que nos quedemos en el espacio achurado de la intersección de los dos conjuntos, abriendo una brecha necesaria para que nunca más las mentiras parezcan verdades.

Referencias bibliográficas:

  • Cigarini, L. (1995). La política del deseo. Barcelona: Icaria.
  • Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.
  • Pisano, M. & Franulic, A. (2009). Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Santiago: Editorial Revolucionarias.
  • Rich, A. (1986). Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana. En A. Rich, Sangre, pan y poesía, pp. 41-86. Barcelona: Icaria.
  • Rivera Garretas, M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria.
  • Rivera Garretas, M. (s/a). Sexuar tú la política. Programa de máster en estudios de la diferencia sexual, Universitat de Barcelona [en línea]. Disponible en: http://www.ub.edu/duoda/web/es/cursos/6/.  
  • Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.
  • Zambrano, M. (1934). Por qué se escribe. Revista de occidente, XLIV, 318.

 

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