Incólume, esperándome

(A propósito de “Las herramientas del amo no desmontarán nunca la casa del amo” de AudreLorde)

Andrea Franulic Depix

(Feministas Lúcidas. Santiago de Chile)

Fui por unas herramientas nuevas, genuinas, pues hechas a mi medida, a la medida de mis deseos de conocerme, de librarme de las cadenas de los miedos impuestos, tejidos con los años de abandono, de caminar con el perdón de dios. En el trayecto, boté las otras, las del amo, las que me destruían por la razón o la fuerza, las que me sacudían el destino a la cara, de los sinsabores de haber nacido mujer, de ser nacida de mujer.

Pero las nuevas no me servían, eran otra vez un engaño. Si bien tenían apariencias seductoras, como si fuesen verdaderas, eran una trampa mortal. En su interior, estaba otra vez dibujado el rostro del amo: implacable, prepotente, controlador. El amo que te define, que alienta tu ego y entierra tu amor propio. Eran las herramientas de la emancipación.

Me costó años el desengaño, me costó nuevos tropiezos, cada vez más confusos, hondos en la culpa, abiertos en la herida, sufrientes del amor imposible. ¿Por qué? ¿Por qué yo no lograba con estas otras herramientas, que suponía propias, derrumbar la casa del amo dentro de mí? Las preguntas cruzaban como torpes aleteos de mariposas nocturnas en las penumbras de las madrugadas del desvelo.

El destino se burlaba de mí. Yo, que me esmeraba en conocerme, a veces no sabía quién era. Yo, que buscaba libertad, me miraba al espejo y veía, apenas esbozado, el rictus de la liberación, y me iba llenando de ataduras invisibles que me zurcían la boca, me paralizaban la lengua, me dejaban mutilada de palabra. Yo, que rastreaba en la historia de las mujeres, renegaba de mi madre: la gran culpable de mis días del sollozo en el pasillo, del susurro tras la puerta.

Eran unas herramientas que deconstruían, destruyendo por dentro. Nada podía ser válido en mí:mis deseos, contaminados; mi feminidad, un fantasma extraño que me perseguía desde el nacimiento. El amor entre mujeres se asomaba en mi vida transformado en lágrimas y ríos de un origen olvidado, que corrían torrentosos y me arañaban la piel con sus piedrecillas filosas, mientras, terca yo, insistía en nadar contra la corriente impetuosa.

Hasta que por fin desalmada, desolada y rendida, las abandoné. Por segunda vez. “Las herramientas del amo no desmontarán nunca la casa del amo”. Y supe, en la oscuridad vetusta de la noche, que mi casa siempre estuvo conmigo, incólume, esperándome.





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